Durante muchos años, la estrategia de ciberseguridad de las organizaciones estuvo definida por un concepto muy claro: proteger el perímetro. Firewalls, VPN, segmentación de redes y sistemas de detección de amenazas concentraban gran parte de los esfuerzos porque los activos críticos permanecían dentro de la infraestructura corporativa. Si el perímetro estaba protegido, se asumía que la organización también lo estaba.

Sin embargo, la transformación digital modificó por completo esa realidad. Hoy las empresas trabajan sobre infraestructuras híbridas, aplicaciones en la nube, plataformas SaaS, dispositivos móviles y equipos distribuidos que acceden a la información desde cualquier lugar. En este escenario, la red dejó de ser el principal punto de control y la identidad pasó a convertirse en el nuevo centro de la estrategia de seguridad.

Cada usuario, aplicación, servicio automatizado o integración representa una identidad con permisos específicos sobre los recursos de la organización. Administrar correctamente ese ciclo de vida ya no es únicamente una tarea administrativa del área de TI; es un proceso que impacta directamente la capacidad de una empresa para reducir riesgos, responder a incidentes y mantener la continuidad operacional.

El crecimiento digital también multiplicó las identidades

La adopción acelerada de servicios cloud ha permitido que las organizaciones incorporen nuevas herramientas con gran rapidez. Plataformas de colaboración, sistemas ERP, CRM, soluciones financieras, aplicaciones de desarrollo, almacenamiento en la nube y servicios especializados conviven hoy dentro de un mismo entorno tecnológico.

Como consecuencia, también creció la cantidad de identidades que deben administrarse. Un colaborador puede tener acceso simultáneo a Microsoft 365, aplicaciones internas, plataformas financieras, herramientas de desarrollo, VPN corporativa y diversos servicios externos, cada uno con diferentes niveles de autorización. A esto se suman cuentas de servicio, integraciones mediante API, procesos automatizados y dispositivos inteligentes que también requieren credenciales para funcionar.

Este crecimiento ha convertido la gestión de identidades en un desafío mucho más complejo que hace algunos años. Mientras más accesos existen, mayor es la superficie que un atacante puede intentar aprovechar para ingresar a la organización.

El mayor riesgo suele aparecer cuando los accesos dejan de revisarse

Muchas organizaciones cuentan con procesos relativamente eficientes para crear nuevos usuarios cuando un colaborador ingresa. Sin embargo, el verdadero problema suele aparecer meses después, cuando esos accesos dejan de administrarse activamente.

Es común encontrar cuentas pertenecientes a excolaboradores que permanecen habilitadas, consultores externos cuyos permisos nunca fueron revocados o usuarios que cambiaron de función dentro de la empresa pero continúan acumulando privilegios que ya no necesitan. Con el tiempo, esta acumulación de accesos genera un entorno difícil de controlar y aumenta considerablemente la exposición frente a un incidente de seguridad.

Desde la perspectiva de un atacante, una identidad con privilegios excesivos representa una oportunidad mucho más valiosa que vulnerar directamente la infraestructura. Si consigue comprometer esa cuenta, puede acceder a múltiples plataformas sin necesidad de explotar nuevas vulnerabilidades técnicas.

La gestión de permisos también forma parte de la estrategia de ciberseguridad

Durante mucho tiempo la administración de permisos fue vista como una actividad operativa, enfocada principalmente en facilitar el trabajo diario de los usuarios. Sin embargo, hoy se entiende que los permisos constituyen uno de los elementos más importantes dentro de la superficie de ataque de cualquier organización.

Cada acceso innecesario representa una posibilidad adicional de movimiento lateral, escalamiento de privilegios o exposición de información sensible. Por esta razón, las empresas más maduras han comenzado a revisar continuamente qué recursos necesita realmente cada usuario y bajo qué condiciones debe mantener ese acceso.

Este enfoque se alinea con principios como el mínimo privilegio y las arquitecturas Zero Trust, donde ningún acceso se considera permanente y cada solicitud debe validarse en función del contexto, el riesgo y la identidad del usuario.

La velocidad también depende de saber quién tiene acceso a qué

Cuando ocurre un incidente de ciberseguridad, una de las primeras preguntas que deben responder los equipos de seguridad es aparentemente sencilla: ¿qué alcance tiene la identidad comprometida?

Responder esa pregunta rápidamente permite determinar qué sistemas pueden estar afectados, qué información estuvo expuesta y qué otras cuentas requieren una revisión inmediata. Sin embargo, cuando la organización carece de una gestión centralizada de identidades, este proceso puede transformarse en una investigación larga y compleja, retrasando la contención del incidente mientras el atacante continúa avanzando.

Por eso, gestionar correctamente el ciclo de vida de las identidades también fortalece la capacidad de respuesta. Conocer quién tiene acceso, cuándo fue otorgado, quién lo autorizó y cuándo debe expirar entrega el contexto necesario para tomar decisiones con mayor rapidez durante una situación crítica.

Automatizar el ciclo de vida de las identidades reduce el riesgo operativo

A medida que las organizaciones incorporan nuevas plataformas y aumentan el número de usuarios, administrar los accesos de forma manual deja de ser una alternativa sostenible. Automatizar la creación, modificación y revocación de permisos permite mantener un mayor control sobre toda la infraestructura digital y reduce significativamente los errores derivados de procesos manuales.

Además de simplificar las tareas administrativas, este enfoque facilita las auditorías, mejora el cumplimiento de políticas internas y disminuye la existencia de cuentas olvidadas o privilegios innecesarios que podrían convertirse en un punto de entrada para futuros ataques.

Más que una mejora operativa, la automatización del ciclo de vida de las identidades se ha convertido en un componente fundamental para fortalecer la postura de seguridad de cualquier organización.

La identidad se consolidó como el nuevo perímetro de la empresa

La evolución de la ciberseguridad demuestra que proteger únicamente la infraestructura ya no es suficiente. En un entorno donde los datos, las aplicaciones y los usuarios se encuentran distribuidos entre múltiples plataformas, la identidad pasó a ocupar el lugar que antes tenía la red como principal elemento de protección.

Las organizaciones más resilientes están respondiendo a este cambio incorporando modelos de gestión de identidades, autenticación multifactor, controles de acceso adaptativos y estrategias Zero Trust que les permiten administrar de forma continua quién puede acceder a cada recurso y bajo qué condiciones.

En los próximos años, la diferencia entre una organización preparada y otra vulnerable no dependerá únicamente de la calidad de su infraestructura tecnológica. Dependerá, en gran medida, de su capacidad para gestionar de forma inteligente todo el ciclo de vida de las identidades digitales que sostienen su operación.

Diego Soto